Diario de una filóloga arrepentida

lunes, febrero 18, 2008

Mis pequeños leprechauns contraatacan.

Ah, amigos, la vida de profe en prácticas/observadora de la realidad adolescente es muy cansada. No da una, a veces, abasto a fijarse en todo lo que merece ser notado en la clase. Pero, oh, es taaaaaan satisfactorio como bloggera saber que no pasará un día que no te den una buena anécdota para un post redondo. Y no sólo una, como veréis. De hecho, he tenido que ponerme a escribir ya porque se me acumulaban las cosas que contar. Dividiremos el post de hoy en dos capítulos: San Valentín y esta mañana.

San Valentín.
Para ser sincera, servidora esperaba a sus hiperhormonados pupilos muchísimo más alterados en semejante fecha. No sé, notitas volando, risas por todas partes, algo... Pero no. Estaban bastante tranquilos, dentro de sus estándares, claro está. Mi compi y yo tomamos asiento en la última fila, temiéndonos casi cualquier cosa por aquello de que semejante calma no podía anunciar nada bueno. Entonces fue cuando ocurrieron dos hechos de tiraron hasta los cimientos de las creencias más profundas que habíamos atesorado hasta ahora en el CAP.
  1. Fulanito llegó a clase con... bueno, con un pedazo de chupetón, que él hablaba y participaba en clase y yo sólo podía pensar que algo de semejante calibre no se lo podía haber hecho una niña de su edad. Que eso fue un bicho en plan mantis religiosa y la marca rojiza en su cuello venía de cuando el animal intentó deshacerse de él arrancándole la cabeza. O que se autolesionó, para hacerse el mayor y el guay. Lo que sea con tal de pensar que una catorceañera tiene tamaña capacidad de succión. Dios.
  2. La Vane y Menganita llegaron tarde a clase... juntas. Y mi pregunta es, ¿estamos todos locos? ¿No había ahí una inquina y un odio a muerte tal que dos días antes? ¿Qué están tramando? ¿Se acerca el apocalípsis? Aprovecho para decir que La Vane estaba tuneada como nunca, una cosa impresionante. No sé, quizás tuviese una cita en el recreo en tan romántico día.

El caso es que la alianza entre Menganita y La Vane, así a priori, ya no anunciaba nada bueno para el pobre Principín. Él, diría yo, estaba hasta un poco pocho aquel día. Ni le leyó una redacción suya a la profe (a él le gusta mucho leer sus redacciones, cada uno tiene sus hobbies), ni nada. Cuando aún no nos hallábamos repuestas del chupetón de Fulanito (tendríais que verlo para creerlo...), mi compi me da un codazo. "¿Ein?", digo yo. "Pss, mira a El Principín. ¿No te parece que él también tiene chupetones en el cuello?" Yo giré la cabeza a una velocidad que reíos vosotros de la niña de El Exorcista. No daba crédito. Desde el cuello de El Principín hasta su nuca se veía no una, sino tres manchitas redondeadas de origen sospechoso. Nuestras investigaciones nos dejaron dos posibilidades:

A ver, para ser sinceros 100%, si aquello eran marcas de chupetón, una estaba demasiado atrás y, además, estaban en ese estado en el que ya casi no se notan porque se están quitando. Y a El Principín lo habíamos visto ese día y el anterior. Y el anterior, y el anterior, y el anterior. Y ahí nunca hubo rastro de chupetón. Vamos, que o ese niño es un fenómeno del flujo sangüíneo, o de chupetones, nada. Aclarada ya que la versión 1 es aparentemente la buena, no pude evitar poner en el blog la otra también, porque mi lema es "nunca dejes que la verdad te estropée un buen post." Hombre, no me digáis que no es muchísimo más divertido imaginarse a Menganita sujetándolo mochila mediante, y a La Vane, con su tono naranja y su eyeliner a dolor, diciendo: "Ah, Principín, todavía eres un niño, pero cuando acabemos contigo, estarás hecho un hombretón. Muajajajajaa (risa malvada)", ante la cara de terror de El Principín.

Hoy.

Lo cierto es que hoy precisamente, con aquello de que es lunes, no esperaba a los chicos taan y taaaaan, y taaaaaaaaaaaan alterados como estaban. Dice la tutora de una amiga que después del recreo son las peores horas, que la ingestión de azúcar los altera hasta límites insospechados. Si todos los días, tras el recreo, se van a poner todos así, por favor, que clasifiquen las palmeras de chocolate como droga dura y las prohíban ya, antes de que el resto del profesorado de secundaria de este país pida la baja por depresión. Exagerando a favor de la profe, hoy en toda la hora, se darían unos 15 minutos de clase. Zape no estaba, Zipi se había cambiado de sitio (porque, claro, como no llevaba libro...) y mascaba, junto a su nuevo compi de pupitre, una palmera de chocolate (¡¡otra, Zipi, que no vas a caber en los pantalones que te compre tu madre para Ramos!!) cuando la profe no miraba.

La Vane no paraba de tocarse el pelo para arreglárselo y había relegado a su compañero de mesa (que había faltado mucho porque estaba malo) a lo que era tradicionalmente su sitio. El pobre le haría caso sin rechistar, porque ya ves tú quién le niega nada a una niña que es naranja, que parece que va a mutar en cualquier momento... A media clase descubrimos que llevaba un espejo camuflado entre las hojas de la agenda, para poder comprobar que estaba monísima mientras la profe pensaba que estaba apuntando los deberes.

Fijáos si estaban hoy alterados que hasta El Principín estaba como una moto y se pasó todo el inicio de la clase jugando con un ejem... producto de higiene íntima que debió caerse de la mochila de alguna compañera. Ay, Principín, si es normal que a tu edad tengas curiosidad por todo, pero, ¿no sería mejor enterarse por tu madre o por el señor Google que ahí en ese plan? Hoy precisamente nos fijamos que los suspiros que siguen a El Principín allá donde va no son sólo de La Vane. No. Si hay seis chicas en clase, al menos a cuatro las tiene en el bote. (No sabemos de las otras dos porque están sentados demasiado lejos como para ver cómo reaccionan cuando se relacionan con él.) Las que se sientan justo delante de El Principín y Menganita, que probablemente le habrían dado una buena hos... a cualquier otro de los chicos de clase que hubiese osado hacer el gamba de aquella manera, reían a carcajadas las gracias de El Principín. Les faltó un telediario para coronarlo Principín Oficial de Fina y Segura, no os digo más. Que los chicos de delante y los de su derecha también hacen gracias, pero a esos ni caso... El asunto del día fue que El Principín es un ser mucho menos inocente de lo que nosotras lo hacíamos. El caso es que se pasó media clase de pasteleo entre la de al lado y las de delante (con La Vane no, pero yo no lo culpo, da miedín.) Entre eso y lo alterado que estaba, tenemos varias teorías:

  1. No es él, está poseído.
  2. Intenta refugiarse del amor salvaje de La Vane en brazos de las de delante.
  3. Le gusta un montón eso de ser el guapo y que todas estén por él, así que él no fuerza la situación, pero si ve que están perdiendo interés, les hace dos tonteriítas y ¡de vuelta al bote!
  4. Reflexionando sobre su situación, se dijo a sí mismo durante este fin de semana, en algún punto entre juego y juego en los recreativos: "¡Coño! Si les gusto a todas, ¡qué menos que aprovechar!"

En el próximo capítulo (aunque sabe Dios lo que podrá pasar de aquí a una semana... o menos): Si La Vane mira a El Principín, las de delante miran a El Principín y El Principín no las mira a ellas... ¿a dónde mira El Principín? TO BE CONTINUED...


Posted by la_filologa :: 7:25 p. m. :: 15 Comments:

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